Móstoles está ahí fuera

“Después de vivir en Móstoles el suficiente tiempo, uno queda incapacitado para vivir en cualquier otra ciudad, incluida Móstoles”

mostoles hermita

Me despierta mi propio ronquido estertóreo, la maldita radio-despertador Phillips no ha sonado, no recuerdo cuantas veces van que la condenada no me taladra con su sonido infrahumano. Me hace llegar tarde a todos los saraos, y no es que me importe pero… Indago la causa manipulando el aparato y observo que el  cable que conecta con el enchufe no existe, ha sido cruelmente amputado. Sin comprender nada me dirijo centelleante a la cocina, suerte que hoy he dormido vestido.

La tostadora aúlla

Móstoles está ahí fuera bajo un sol apagado de colillas, la gran ciudad sureña de la metrópolis, de un arroyo en un pradillo brotando a un burbujeante entramado capitalista de millones de antenas de televisión y azoteas plateadas de aislante alquitranado. La que fue cruce de caminos, quizás la romana Titulciam, desaparecida por el espectro de los siglos; la que fue casa de postas y agricultores empecinados contra los franceses, ¡Manuela Malasaña defendió su honor con unas tijeras de costurera!. Ciudad sin ley, refugio de extremeños y andaluces, de moros y de latinos, de africanos y de chinos, de rusos y polacos. El más allá de Madrid, ¡Bronxtoles!, cuna del hip hop y del graffiti, millones de bloques crepusculares de ladrillo rojo y mostaza, sin bombas de agua, niños corriendo enloquecidos por sus descampados, parques, páramos y calles de barro, sorteando jeringuillas de brillo punzante y ratas gigantescas; yonquis alucinados buscando otro pico para salir del abismo, camellos espectrales surgiendo del polvo en suspensión de los parques y trabajadores derrengados volviendo a casa en los abarrotados trenes de Madrid bajo un atardecer rojo de monóxido de carbono, sobrevolando inevitable en los portaequipajes: “todo cambió para que todo siguiera igual”, ciudades construidas para un gigante loco.

¡Móstoles!, tus delincuentes son ahora maderos, tus niños salvajes son ahora adolescentes veintegenarios acomplejados por su físico, el fuego ha sido bañado de asepsia y alienación, domesticación, cerebros antenizados conectados a licuadoras televisivas, sustitutas perversas de las pompas católicas del pasado, la electrocauterización del pensamiento único, dogmático y propagandístico. Soñando con bañeras de oro y exóticos viajes a paraísos sexuales, el obrero aplaudiendo al “respetable” hombre de finanzas, justificando la mutilación del Estado social en pos de la competitividad, nadie lo entiende pero todos hablan de ello demostrando que saben más que su vecino, ignorancia empapada en un pañuelo de cinismo de cianuro.

Pero donde hubo fuego vuelve a arder, donde hubo pasión roja habrá pasión amoratada, si El Empecinado es un espectro, El Empecinado será el espíritu.

En realidad hoy es igual que ayer, lo mismo, lo mismo pero sin niños, y sin droga, y sin Rock and Roll.

Móstoles está ahí fuera bajo un sol apagado de colillas y la tostada está calcinada, cenizas de un fuego que ardió y todavía arde.

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Móstoles Dream. Fotografía de Arturo Bibang

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