Análisis del contexto en la transición española, los crímenes de la “democracia” suarista y la propaganda del régimen

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Quizás soy un ingenuo pero me sorprende observar a  tantas personas que deciden seguir creyendo en la propaganda del sistema sobre el período de la transición, justamente cuando el régimen vive su peor momento de credibilidad.

No se trata de creer, sino de conocer. Un pueblo que no conoce su historia va a seguir siendo gobernado por los peores hombres.

El tema es muy extenso y hay muchas cosas que el pueblo no conoce y que debería conocer, me limitaré a dejar algunos apuntes únicamente sobre el período de la transición, no me voy a meter con el terrorismo de estado del PSOE en el período del felipismo ni con otros períodos horrendos de nuestra historia reciente. Únicamente voy a dar los siguientes apuntes:

Primero sobre el contexto histórico de la España de la transición, la correlación de fuerzas en la coyuntura del momento, un conocimiento imprescindible para poder comprender tan complejo período histórico, y para ello compartiré un breve e interesante artículo del politólogo Manolo Monereo; en segundo lugar compartiré dos artículos sobre los crímenes que tuvieron lugar durante la presidencia de Adolfo Suárez y durante la transición, con las correspondientes referencias documentales para que el lector pueda por sí mismo comprobar que lo que se dice es cierto, independientemente de algunas opiniones personales siempre abiertas a discusión. Este tipo de información jamás va a ser contada en los medios de comunicación, puesto que iría contra sus intereses.

Durante el franquismo Adolfo Suárez fue director general de RTVE (la maquinaria de adoctrinamiento de los españoles) y Ministro secretario general del Movimiento. Es decir, este señor era un franquista, pero por absurdo que parezca, España es el único país donde los fascistas son demócratas. Qué triste es ver a un pueblo tan aborregado y derrotado, que acepta la total impunidad de los crímenes del fascismo y que hasta se pone en contra de aquellos que al menos tratan de dar un entierro digno a los más de cien mil españoles que permanecen sepultados en cunetas y fosas comunes sin identificar.

Con la muerte de Suárez nos están vendiendo, una vez más, el cuento de la transición modélica, el cuento de que los dos bandos de la guerra fueron iguales, el cuento de que vivimos en una sana democracia y estado de derecho.

De nada hay que extrañarse, fueron los propios franquistas quienes se encargaron de crear la opinión política durante la transición y los primeros años de la democracia (también entre los españoles de izquierdas), no hay más que ver el currículum de Juan Luis Cebrián [4], director de informativos del último gobierno franquista, y posteriormente fundador y director de El País; o el ya fallecido Jesús Polanco, durante años el gran magnate de los medios de comunicación españoles (PRISA: El País, Cadena SER..) y también de orígenes franquistas:

Con la reforma educativa del ministro Villar Palasí, concretada en la Ley General de Educación de 1970, y gracias a una filtración del Ministerio, el Santillana de Jesús Polanco fue la única editorial que tuvo listos con arreglo a la nueva ley los libros de texto del curso escolar, lo que supuso su despegue económico en pleno franquismo. Además, mantuvo mientras fue asignatura escolar la publicación de libros de texto y obras relacionadas con la “Formación del espíritu nacional”, con la que se adoctrinaba a los jóvenes en la dictadura. [5]

Notas sobre la transición y Adolfo Suárez, por el politólogo Manolo Monereo [1]

Para situarse con rigor en el proceso de la Transición española y el papel en ella de Adolfo Suárez, hay que tener en cuenta, cosa que hoy se olvida, la excepcional coyuntura política nacional e internacional en la que se inserta.

Coyuntura internacional. Estaba definida por un retroceso global del imperialismo norteamericano (derrota en Vietnam), el ascenso de la URSS (aparente), de los movimientos de liberación y del movimiento obrero organizado europeo. Específicamente influyó mucho en la Transición la caída de las dictaduras portuguesa y griega y el ascenso muy potente de la izquierda, sobre todo, en el sur europeo.

La caída de las dictaduras griega y portuguesa alarmaron mucho al capitalismo europeo y a la socialdemocracia. En Portugal, destacadamente, la ruptura vino desde un lugar inesperado: la oficialidad de un ejército cansado de la larguísima guerra colonial. La Revolución de los Claveles, su radicalismo económico y social, preocupó enormemente a las clases dirigentes de nuestro país. Para unos, se trataba de amarrar aún más el propio régimen; para otros dar pasos “aperturistas” que evitaran una radicalización de la oposición al régimen.

Coyuntura nacional. Estaba definida por los siguientes datos:

Una gravísima crisis económica que ponía en cuestión el modelo de acumulación del capitalismo español.

El ascenso del movimiento obrero hasta el punto de que en los grandes centros urbanos e industriales se ganaron las elecciones sindicales por las CCOO (ilegales) en los propios sindicatos verticales.

El crecimiento de la oposición al régimen que tenía al PCE como eje aglutinante.

La masiva presencia de fuerzas y movimientos que relacionaban la lucha contra el franquismo con los estatutos de autonomía plebiscitados en la República (“libertad, amnistía y estatuto de autonomía”).

La ruptura interna dentro de la Iglesia Católica que llevó a una parte de ella a aliarse con la oposición democrática.

El protagonismo del movimiento estudiantil y de la intelectualidad.

Crisis del régimen franquista. Después de la muerte del dictador era evidente que el régimen surgido de la Guerra Civil entraba en crisis y que era necesaria otra forma de dominación política. Esto lo sabían el Rey, los poderes económicos nacionales y extranjeros, específicamente europeos y, hay que subrayarlo, la socialdemocracia europea alarmada ante la fuerza de los partidos comunistas.

La primera alternativa (gobierno Arias-Fraga) fue la reforma del franquismo: cambar poco para que, en lo fundamental, todo siguiera igual. En las diversas versiones de la historia se suele olvidar que este gobierno fue derrotado por la oposición política y, especial y singularmente, por el PCE. Pero hay que decirlo claramente: el PCE tuvo fuerza para impedir la reforma del franquismo pero no tuvo fuerza suficiente para conseguir la ruptura democrática con el franquismo, aunque lo intentó mientras pudo.

¿Por qué no fue posible la ruptura democrática? No es fácil responder. Aquí es donde aparece la figura de Adolfo Suárez. Los poderes fácticos, nucleados y organizados en torno a la monarquía,  llegaron a la conclusión que había que ir a un cambio de régimen que no implicara una ruptura con los aparatos e instituciones claves del Estado (magistratura, ejército, policía y administración) y que no implicase tampoco un cuestionamiento sustancial de los poderes económicos dominantes. Para esto había que conseguir neutralizar a dos sectores: a los franquistas en sentido estricto (muy influyentes en el aparato y las instituciones del Estado) y también a la oposición rupturista que, de facto, estaba dividida entre la Plataforma (la democracia cristiana más el PSOE), que agrupaba a los sectores más moderados, y la Junta Democrática (en la que el PCE tenía el papel determinante), que apostaba por una  democratización sustancial.

La solución a estos dilemas reales la encontraron en la hoja de ruta ideada por Torcuato Fernández Miranda: ir a un cambio de régimen dirigido, organizado y controlado por los sectores reformistas del propio régimen. Se podría decir así: “tenéis fuerza para obligarnos a cambiar el régimen, pero la definición, los ritmos y los contenidos últimos los definimos nosotros”, es decir, los poderes económicos nacionales e internacionales y los reformistas del régimen franquista, repito, organizados y nucleados en torno a la monarquía.

Esto es lo que explica el galimatías y las confusiones permanentes en torno a si hubo o no ruptura, si fue reforma y qué tipo de reforma. Lo que está claro, de todas formas, es que hubo un cambio de régimen  y, desde ese punto de vista, hubo una ruptura con el régimen anterior pero que conscientemente se hizo para evitar lo que en Portugal y, en parte, en Grecia se dio: la ruptura democrática.

La clave tiene que ver con el poder y con la correlación real de fuerzas. Esto fue lo que el PCE y, especialmente Santiago Carrillo, eludieron una y otra vez y no tuvieron en cuenta, sobre todo, una vez que la Transición comenzaba. Lo sustancial de la ruptura democrática era el protagonismo en la transición de las clases trabajadoras, es decir, no es lo mismo un cambio de régimen con las masas en la calle y con un gobierno de transición, que lo que efectivamente se estaba dando en España, que era un cambio de régimen conducido y dirigido por los propios poderes del régimen anterior.

UCD

Adolfo Suárez, con el Rey de un lado y Torcuato Fernández Miranda de otro, es el que realizó y coordinó estos esfuerzos que muchos, incluidos el PCE, pensaban que eran imposibles. Era aquello de “régimen a régimen, hecho por la Ley”. Para eso, insisto de nuevo, tuvo que organizar la doble neutralización de los franquistas y de los rupturistas y, además, tomar la iniciativa política. Se puede decir que estas dos cuestiones las hizo con mucho coraje y habilidad. Suárez tenía determinación, sabía, en líneas generales, a donde había que ir y tuvo la habilidad táctica para ir sorteando las dificultades que surgían en el camino.

La Ley de la Reforma Política fue la pieza maestra: liquidaba de hecho la “democracia  orgánica” franquista y ponía las bases para unas elecciones democráticas. La iniciativa política la mantuvo durante todo el proceso y situó a las fuerzas rupturistas (PCE) a la defensiva. Y no solo esto. La aprobación masiva de dicha Ley por el pueblo español le daba algo extremadamente importante, legitimidad democrática y, desde ella, podía negociar con las fuerzas dentro y fuera del régimen. Hay que subrayar, las vueltas que da la vida, que en este paquete reformista iba la actual Ley Electoral: conocían mucho más de los que pensábamos en la oposición el país real y cómo impedir la fuerza del PCE.

Suárez es el último icono de la Transición. Hasta cierto punto, terminó siendo una figura rota. La Transición liquidó a dos de sus protagonistas, Suárez y Carrillo. Todo ello a la mayor gloria del Rey, 23-F mediante. Él sirvió a su señor, al núcleo de poder organizado en torno al Rey, y lo hizo con coraje y lo pagó duramente. Por eso su figura, insisto, como la de Carrillo, reflejan lo que fue, no solo la Transición, sino, lo fundamental, el tipo de régimen resultante. Desde un punto de vista de clase, se puede decir que los poderes dominantes determinaron sus contenidos básicos, señalaron límites infranqueables que no se podían rebasar y acotaron los márgenes de la democratización real de la sociedad. Hubo democracia, sí, pero limitada por los poderes fácticos, económicos y financieros, y por el “partido militar”. El dilema final (que el PCE no supo ver) no era una abstracta contradicción entre democracia y dictadura sino qué tipo, qué contenido, de democracia que efectivamente se iba construyendo y, sobre todo, el protagonismo en ella de las clases subalternas.

Hubo otro coste que nunca se tendrá suficientemente en cuenta: el miedo. El tipo de Transición que se hizo llevaba el miedo incorporado: el temor permanente al golpe de Estado y el terrorismo pesaban como una inmensa losa sobre el imaginario de las personas y gravitaba tremendamente sobre la memoria de la Guerra Civil. Esto es tan cierto que aún hoy el miedo a definirse políticamente, la ocultación de a quién se vota y por qué es usual en muchas partes de nuestra país. Lo que se ha llamado el franquismo sociológico tiene mucho que ver con esto. El régimen del 78 no nos hizo ciudadanos, seguimos siendo súbditos. El miedo al golpe fue el instrumento preciso para esto: libres, pero vigilados; derechos, pero limitados; libertades, pero sin garantías sociales

Los crímenes de la democracia suarista [2]

YOLANDA GONZALEZEl cuerpo de la estudiante Yolanda González (secuestrada y, asesinada de un tiro en la cabeza) en 1980 por el ultraderechista Emilio Hellín, hoy asesor de la Guardia CIvil

YOLANDA GONZALEZ 2

Después de escuchar al coro de aduladores oficiales y mantenedores de la corrupción borbónica glosar las bondades del “forjador” (ELPAIS) de la democraCIA española, Adolfo Suárez, convendría hacer un repaso por esos puntos, o más exactamente esos agujeros negros, que conformaron el mandato del fallecido ex presidente del gobierno, el “timonel” de la “transacción” española. Estas cosas poco “amigables”, ya se sabe, suelen empañar y aguar la fiesta (en este caso, funeral) de los discursitos plañideros, realizados bajo lacitos negros televisivos, por parte de los neofascistas de ayer y de hoy.

Hace ya muchos años, en los setenta, en la amañada “transición” franquista, siendo yo un alevín con cierto interés por la agitada vida política de entonces me fijé en una leyenda escrita en una pared cualquiera: “Democracia+Suárez = homicidio”. La verdad es que no entendí mucho el significado de una pintada tan radicalmente “agresiva”. Pero con el análisis frío de los hechos, conocidos a posteriori, pensé que se trataba de una ecuación cargada de razones puesto que en las calles del Estado español se había estado ventilando la verdadera democracia, no en los salones golpistas del CESID (hoy CNI), en el Congreso de los diputados o en las cúpulas dirigentes de los partidos llamados mayoritarios, que fueron los perpetradores que evitaron a toda costa la ruptura con la dictadura franquista. Y lo hicieron a precio de sangre y fuego.

ARTURO RUIZ

MARI LUZ NÁJERA

JAVIER VERDEJO

Durante el mandato de Adolfo Suárez se produjeron los ataques más escalofriantes y criminales por parte de quienes habían servido diligentemente al régimen de Franco: las fuerzas de seguridad (policía y guardia civil) así como por sus mamporreros asesinos de extrema derecha (Fuerza Nueva y afines, quienes gozaron de una tolerancia casi exquisita por el gobierno Suárez y los aparatos policiales). La violencia  estatal y paraestatal se desató contra manifestantes pacíficos, resistentes, huelguistas o simples viandantes que se estaban dando cuenta del fraude que se estaba maquinando con la “transición”. El saldo represivo del terrorismo de Estado “suarista”, como señalaAlfredo Grimaldos en su libro La Sombra de Franco en la Transición,fue de más de cien muertos, en el período que va de 1976 a 1980 (una amplia relación de víctimas puede encontrarse en su libro). Fue un ataque frontal contra la línea de flotación de las luchas populares para desactivar el verdadero cambio de la dictadura a una democracia no servil con los poderosos. Grimaldos deja bien claro el talante democrático del gobierno Suárez y de sus esbirros de Interior Rodolfo Martín Villa o Ibañez Freire : Muchos de los muertos y heridos en la calle durante la segunda mitad de los 70 tienen alrededor de 20 años. La violencia estatal, parapolicial y ultraderechista de la Transición se ceba, de modo especial, en los jóvenes que pelean por la ruptura democrática, golpea  con saña a quienes intentan provocar un profundo corte histórico con el franquismo. Arturo Ruiz, Mari Luz Nájera, José Luis Montañés, Emilio Martínez, Jesús María Zabala, José Luis Cano, Juan Carlos García, Javier Verdejo, Yolanda González…son algunos de los nombres que lucharon y dejaron su vida en las calles de la democracia homicida de Suárez. Lo peor es que ni siquiera hubo responsabilidad criminal de policía alguno en estas muertes, dejando un tenebroso vacío de impunidad judicial en una “democraCIA” que estaba modelándose al gusto de EEUU y los neofranquistas.

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Mientras Suárez y sus travestidos fascistas celebraban la consecución de la ley de la Reforma Política, moría asesinado un joven llamadoAngel Almazán Luna a manos de la policía, solamente por manifestarse en pro de la abstención contra dicha reforma. Así transitaba la “verdad democrática” en el naciente régimen borbónico-neofranquista. Como señala Grimaldos en su libro, nada se hizo para esclarecer aquélla muerte como en prácticamente en el resto de asesinatos policiales e incluso en los de las bandas fascistas que operaban al cobijo policial, salvo algunas condenas de fachada que quedaron luego en la nada. La orgía represiva del gobierno Suárez alcanzó cotas de una criminalidad inusitada en todos aquellos años: desde la muerte de Germán Rodríguez en los sanfermines de 1978 a manos de la policía hasta la brutal tortura y posterior muerte del preso anarquista Agustín Rueda también a manos de sus carceleros, en la prisión exterminio de Carabanchel, pasando por las muertes de los estudiantes José Luis Montañés y Emilio Martínez asesinados a balazo limpio por las FOP (Fuerzas de Orden Público) durante una manifestación en contra la Ley de Autonomía Universitaria, celebrada en diciembre de 1979. Y así decenas y decenas de luchadores anónimos (de nuevo ver el libro de Grimaldos) que fueron objeto de la crueldad de una mistificada “transición” realizada a golpe de sable militar, asesoramiento de la CIA y control férreo de los antiguos franquistas. Una “transacción” que fue diseñada para aplastar a la izquierda (no estamos hablando del entregado y siniestro PCE carrillista y la socialdemocraCIA felipista, obviamente). Y vaya como se ejecutó: a golpe de balazos, pelotazos de goma mortales, torturas, asesinatos de Estado, pistoleros fascistas al grito de “viva Cristo Rey” e impunidad judicial.

El hoy reverenciado Adolfo Suárez y su escudero represor Martín Villa (premiado años más tarde por PRISA como presidente de Sogecable y luego alto directivo de Endesa) se encargaron de liquidar todo vestigio de rupturismo dejando en las calles un reguero de sangre, la de los verdaderos demócratas que no admitían el obsceno pasteleo que estaban urdiendo (o “consensuando”, según el eufemismo pactado por las élites reformistas) desde las pocilgas franquistas. “Lo nuestro son errores, lo de los otros son crímenes”, recitó el criminal, sin reparar en que esos errores homicidas estaban a cargo de antiguos fascistas (como él) reconvertidos mágica e inmaculadamente a demócratas.

La transición, un cuento de hadas con 591 muertos. (188 personas murieron por “violencia política de origen institucional”) [3]

El 36 aniversario de la matanza de los abogados de Atocha vuelve a poner de relieve que la Transición no fue el período modélico y pacífico del que se presume. 188 personas murieron por “violencia política de origen institucional”.

Entierro multitudinario de las víctimas de la matanza de Atocha

Entierro multitudinario de las víctimas de la matanza de Atocha ARCHIVO HISTÓRICO DEL PCE.

El 24 de enero de 1977, Alejandro Ruiz, abogado laboralista de Comisiones Obreras, acudió como cada día al local que el sindicato tenía en la céntrica calle de Atocha. Nada sería igual desde entonces. Ruiz se encontraba en una reunión con otros ocho compañeros. En el ambiente de la ciudad se respiraba el miedo. Ellos sabían que en la España de la época corrían peligro. Pero nadie imaginaba algo así. A las 22.40 horas de la noche un grupo de tres pistoleros asaltó el despacho. Preguntaron por Joaquín Navarro, histórico líder de Comisiones Obreras. No estaba. Desde entonces, nada fue igual.

“Nos agruparon en una esquina del hall del despacho y sin mediar palabra se liaron a tiros con nosotros. Era evidente que fueron a matarnos. Los altos teníamos tiros en el corazón y los bajos en la cabeza. Una vez que estábamos en el suelo nos intentaron dar el tiro de gracia. Yo salvé la vida porque tenía un bolígrafo en la camisa y me rebotó la bala. Me abrió una herida pero no tocó hueso y cuando nos dieron los tiros de gracia a mi sólo me hirieron en la pierna derecha porque era lo único que no ocultaba el cuerpo de mi compañero Enrique Valdevira, cuyo cadáver tuvo que levantar para sobrevivir”, rememora para Público Alejandro Ruiz, abogado superviviente de la matanza de Atocha.

De los nueve abogados que se encontraban en la sala cinco murieron en el acto: Luis Javier Benavides, Enrique Valdelvira, Javier Sauquillo, Serafín Holgado y Ángel Rodríguez. Cuatro lograron salvar la vida: Luis Ramos, Miguel Sarabia, Dolores García y el propio Alejandro.

“Salvé la vida porque la bala impactó con un boli que guardaba en mi camisa”, recuerda Alejandro

El mismo 24 de enero, horas antes de la matanza de Atocha, un bote de humo lanzado por la Policía impactó en la frente de la estudiante universitaria Mariluz Nájera, causándole la muerte. En ese momento, Mariluz se encontraba en la manifestación protesta por el asesinato de otro joven estudiante un día antes: Arturo Ruiz, quien fue tiroteado por un grupo de extrema derecha durante una manifestación que pedía la amnistía para los presos políticos que aún estaban encarcelados.

“La Transición no es el cuento de hadas que nos cuentan. Cada vez que había una fecha decisiva para el cambio político se recrudecía la violencia política en la calle. El objetivo era que la calle no fuera de izquierdas, así como controlar el proceso sin tocar a los franquistas ni los grandes capitalistas. Se pretendía desestabilizar y frenar el proceso democrático”, analiza Mariano Sánchez, autor de la obra La Transición Sangrienta(Península).

Los datos que aporta Mariano Sánchez en su obra son demoledores. Entre 1975 y 1983, se produjeron 591 muertes por violencia política (terrorismo de extrema izquierda y extrema derecha, guerra sucia y represión). De ellos, nada menos que 188 de los asesinados, los menos investigados, entran dentro de lo que el autor denomina violencia política de origen institucional. Es decir, los asesinatos “desplegados para mantener el orden establecido, los organizados, alentados o instrumentalizados por las instituciones del Estado”, explica Mariano Sánchez.

“Un ejemplo: al estudiante Arturo Ruiz lo mató un miembro de los guerrilleros de Cristo Rey de los que ayudaban a la policía a reprimir las manifestaciones. Es lo que entonces se llamaban grupos de incontrolados”, agrega.

La investigación llevada a cabo por Mariano Sánchez detalla el origen de cada uno de los 591 asesinatos. Los grupos incontrolados de extrema derecha causaron 49 muertos; los grupos antiterroristas asesinaron a 16 personas, principalmente del en torno de ETA y el GRAPO; la represión policial le costó la vida a 54 personas; 8 personas fueron asesinados en la cárcel o en comisaría; 51 murieron en enfrentamientos entre la Policía y los grupos armados; ETA y el terrorismo de izquierdas asesinó a 344 y el GRAPO a 51.

Y un dato más. Sólo en 1977, la policía cargó contra 788 manifestaciones en España, el 76% del total. Había que controlar la calle porque, no hay que olvidar, la vía pública tenía un dueño. “El orden público fue un factor determinante de la Transición. Sirvió para frenar a la izquierda, que entró en el juego y renunció a las calles, donde se producían las reivindicaciones más fuertes. El cambio del franquismo a la democracia debía hacerse con el menor coste político y económico”, explica Sánchez.

El asesinato de Yolanda González

La violencia no cesó tampoco una vez aprobada la Constitución. En 1980, 30 personas fueron asesinadas por “violencia política de origen institucional”. Entre los numerosos atentados quedó grabado en la memoria el secuestro y asesinato en Madrid de la dirigente estudiantil Yolanda González, militante del trotskista Partido Socialista de los Trabajadores, un pequeño grupo político que provenía de una escisión de la Liga Comunista Revolucionaria.

Yolanda, de apenas 18 años, fue secuestrada y ejecutada por un comando fascista compuesto por militantes de Fuerza Nueva, comandado por Emilio Hellín Moro, y organizado por el jefe de seguridad del partido de Blas Piñar. “La asesinaron y dejaron su cuerpo tirado en una carretera comarcal. Le quitaron la vida un tiro en la sien disparado por Hellín Moro, quien hoy vive plácidamente, a pesar de haber de que fue condenado a más de treinta años por el asesinato y secuestro de Yolanda”, escribe Sánchez.

Yolanda González fue secuestrada y asesinada por militantes de Fuerza Nueva

La indulgencia de la justicia con los asesinos de extrema derecha de la Transición fue la tónica habitual. “Hay que partir de la base que los encargados de investigar los terrorismos era la misma gente que antes estaba en la Brigada Político Social de Franco. No se hizo una limpieza en las instituciones. Si la gente es la misma los resultados eran parecidos”, aprecia Sánchez.

Una vez más, Atocha

La connivencia de la Justicia con los asesinos de ultraderecha se ejemplifica, una vez más, con el caso de la matanza de Atocha. Antes incluso del comienzo de la vista, el juez instructor del caso, Gómez Chaparro-que provenía del Tribunal de Orden Público- concedió un permiso de fin de semana a Fernando Lerdo de Tejada, sobrino de una secretaria de Blas Piñar (fundador de Fuerza Nueva) e imputado en la causa por asesinato.

Lerdo de Tejada jamás regresaría a la cárcel de Ciudad Real y, hasta hoy, permanece desaparecido. Su delito prescribió en febrero de 1997. Los otros dos imputados por el asesinato de los abogados, Fernández Cerrá y García Juliá, sí fueron juzgados y condenados, cada uno, a 193 años de cárcel. Además, el secretario provincial del Transporte de Madrid, Francisco Albadalejo Corredera, fue condenado a 73 años de prisión por haber dado la orden.

Los asesinos de Atocha cumplieron 14 y 15 años de cárcel de una condena de 193

Apenas 14 años después de aquella noche de enero de 1977, en el año 1991, García Juliá obtuvo la libertad condicional. No obstante, su estancia en libertad duró poco tiempo. El 11 de mayo de 1996 era detenido por la policía boliviana bajo la acusación de tráfico de drogas. Por último, Fernández Cerrá cumplió 15 años de cárcel y salió con la condicional en 1992.

Nunca se investigó más arriba de Albadalejo. Las sospechas de que el asesinato fue organizado desde élites políticas cercanas al franquismo han circulado siempre entre los abogados supervivientes y su círculo. Sin embargo, nunca se investigó. “La investigación judicial impidió saber quien estaba detrás de los asesinos. Se impidió una investigación mayor que, probablemente, hubiese unido a estos asesinos a partidos de extrema derecha y a algún sector ultra del franquismo”, asegura Alejandro Ruiz, quien afirma que aun hoy hay gente reticente a reconocer que este atentado fue alentado por sectores del Estado.

“Nos movemos en un tiempo muy difícil entre la memoria y el olvido, pero sin memoria no se puede tener futuro. La democracia le costó la vida a cientos de personas. No fue fácil llegar hasta aquí ni construir una democracia en la que todos tenemos cabida. Recordémoslo”, sentencia Alejandro Ruiz.

 Entierro de los abogados de Atocha. Archivo Histórico del PCE

 

[1] http://www.cuartopoder.es/tribuna/notas-sobre-la-transicion-y-adolfo-suarez/5628

[2] http://uraniaenberlin.com/2014/03/24/los-crimenes-de-la-democracia-suarista/

[3] http://www.publico.es/politica/449628/la-transicion-un-cuento-de-hadas-con-591-muertos

[4] http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Luis_Cebri%C3%A1n

[5] http://es.wikipedia.org/wiki/Jes%C3%BAs_de_Polanco

4 Respuestas a “Análisis del contexto en la transición española, los crímenes de la “democracia” suarista y la propaganda del régimen

  1. Dossier del compañero Juan con la más completa información:

    Adolfo Suárez y el gran fraude de la ‘transición’ española. Artículos, vídeos y libros relacionados

    http://eljanoandaluz.blogspot.com.es/2014/03/adolfo-suarez-y-el-gran-fraude-de-la.html

  2. “España se encuentra en uno de los más peligrosos trances por los que puede pasar una nación, el alarmante deterioro de nuestra economía, la insostenible situación del orden público, la sombría perspectiva del mundo social, hacen justificado el temor de que si no encontramos un rápido y eficaz remedio pronto nos encontraremos en un clima pre-revolucionario de imprevisible salida”

    Carlos Arias Navarro, anuncio electoral de AP año 1977 (minuto 2:20)

  3. Hace pocos días (27 de Noviembre de 2014) uno de los protagonistas de la matanza de atocha presentaba sus memorias en Valencia. Joaquín Navarro.

    Seguro que os interesa leer el artículo y ver el vídeo:

    http://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2014/11/28/memorias-superviviente-asesinatos-atocha/1194336.html

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