Nocturno de luna llena en El Escorial

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Parecíamos espectros

cuando bajamos del pueblo a la explanada,

sin hablarnos,

sin saber por que,

con la palida luz de la luna

creando sombras que endurecían las rocas.

 

Nos detuvimos para contemplar el valle,

apoyaste tu frágil cuerpo en la balaustrada de piedra,

allí abajo había un estanque con un cisne dormido

que se deslizaba por las aguas oscuras

y hacía tintinear el hilo de luna que colgaba.

 

Nos dimos un tierno abrazo de reconciliación,

rendiste tu cabeza sobre mi hombro,

bajó suspendida la fragancia de la montaña

y nos embriagó una feliz melancolía.

 

La calidez del coche al cerrar las puertas,

una noche tan clara que permitía  conducir sin encender los faros,

fue como beber un vino dulce,

sobre el valle mudo,

sobre el espejo del lago.

 

Cogiendo las curvas,

dejando notas de Chopin en el aire,

sobre los dormidos parajes bucólicos,

bajando de la sierra para ver las primeras luces de Madrid

aún en nuestra romántica lejanía.

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